Capítulo 1.
Impulsados por el amor

El camino más excelente

Porque el amor de Cristo nos impulsa

—2 Corintios 5:14, RVA

Nada que usted pudiera decir u ofrecer podría obligarme a hacer lo que estaba por hacer. Ningún argumento me podría persuadir, ninguna amenaza podría presionarme. No obstante yo, voluntariamente estaba dispuesto a hacerlo.

¿Por qué me sentía impulsado a hacer esto? ¿Qué pasaba dentro de mí? Entonces una pregunta sencilla y clara se formó en mi mente: ¿Podría esto ser amor? ¿Podría el amor ser la fuerza, energía, impulso que me llevaba a hacer algo que me repugnaba, y que seguramente le repugnaría a usted?

¿Amor? Permítame contarle que, de niño, renuncié al amor. ¡En serio! Puede usted investigarlo y descubrir que fue en el tercer grado que decidí que el “amor” era para las niñas. A mis padres les pareció gracioso, pero yo no bromeaba. Desde el tercer grado hasta terminar la preparatoria firmé todas las tarjetas de cumpleaños, felicitación, etc., no con la acostumbrada frase: “Con cariño, Ed”, sino simplemente “De Ed”, solo para recalcar mi punto de vista.

Probablemente no es una sorpresa que me haya sentido así. Me crié en una familia irlandesa, y decíamos “Te amo” sólo una vez al año, necesitáramos decirlo o no. Teníamos, en mi familia, básicamente dos emociones: borracho y con sueño; así que el amor no estaba en nuestra breve lista de sentimientos.

“Porque el amor de Cristo nos impulsa”.

Pero ahora, al tener que desempeñar esta asquerosa y repugnante tarea pensé: ¿Así que esto es amor? Me siento impulsado a hacer esto porque amo a mi hija. Por supuesto, estos pensamientos pasaron por mi mente en un milésimo de segundo, mientras juntaba las manos para que el vómito de mi hija cayera en ellas y ella no se ensuciara. En lugar de dar un salto hacia atrás para evitar ensuciarme: el amor por mi niñita me impulsó a quedarme a su lado, demostrándole que no estaba sola y que todo estaba bien. En ese momento supe que algo había cambiado dentro de mí.

El apóstol Pablo nunca dijo específicamente que el amor que impulsa es permitir que alguien vomite en nuestras manos; pero sí nos enseñó que este amor caracterizaría nuestra vida y ministerio al convertirse en la motivación principal y la fuerza impulsora de todo lo que hacemos: Porque el amor de Cristo nos impulsa (2 Corintios 5:14). Pablo nos dice que cuando recibimos el amor de Cristo en nuestra vida, estaremos dispuestos a dejar que cambie nuestra manera de pensar y actuar. Significa que el amor de Cristo influye sobre todas las decisiones que tomamos y en todo lo que hacemos; su amor se convierte en nuestra manera de vivir y no es meramente un sentimiento.

Un amor de menos valor que el de Dios

Es fácil pensar en el amor como un simple sentimiento: cuando un chico conoce a una chica; el chico se enamora de la chica; el chico pierde a la chica; el chico reacciona; el chico y la chica vuelven a encontrarse y viven felices el resto de su vida, o por lo menos hasta el próximo capítulo. Esta versión “hollywoodesca” del amor es tan persuasiva que muchos de nosotros, incluyendo a muchos cristianos, hemos reducido el amor a las emociones que nos hacen sentirnos bien acerca del romance, matrimonio, sexo, y a menudo ni siquiera en ese orden. Por cierto que el romance, matrimonio y aun el amor eros, o sea el íntimo entre esposos, es una parte natural del amor; no obstante no demuestran la expresión total del amor que es parte esencial de la naturaleza de Dios (1 Juan 4:16).

De más importancia, el amor de Dios incluye sacrificio; de hecho ambos, amor y sacrificio, no se pueden separar. La versión de Dios del amor que impulsa entrelaza el amor de Cristo con la muerte de Cristo:

Porque el amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Corintios 5:14, 15, RVA).

Por medio de este amor expiatorio Dios nos conduce a una relación íntima con él a través de la salvación. Luego nos impulsa a amar a otros como primero Cristo nos amó. Sacrificarse por otros no es para los débiles ni algo que seguramente pueda verse separado del amor. El amor del que habla Pablo nace de una fuerza y resistencia que nos reta a vivir para el bien de otros, aun para los que son demasiado débiles y enfermizos para retribuir or lo que les damos. Es un amor que nos reta a seguir a Dios mismo, el Comandante del cielo, y a imitar su sacrificio al servir a otros en su nombre: Tan grande fue nuestro amor, tanto los queríamos a ustedes, que con gusto les habríamos dado no sólo el evangelio sino nuestras propias vidas. (1 Tesalonicenses 2:8, LBAD)

“La muerte no puede detener al verdadero amor, sólo puede demorarlo por un corto tiempo”.

Sobre todo, es un amor valiente que arremete contra las puertas del infierno y persiste más allá de la sepultura. El poder de un amor que se extiende aun más allá de la muerte es el tema central de una de mis películas favoritas: The Princess Bride (La novia princesa). Después de un largo período creyendo que los piratas habían matado a Westley, su gran amor, la inocente y hermosa Buttercup descubre que no está muerto. Sin embargo, en aquel lapso de tiempo el malvado príncipe Humperdinck la ha forzado a comprometerse con él.

Westley le pregunta por qué no esperó ella su regreso, y ella responde que creía que se había ido para siempre. La respuesta de él es clásica: “La muerte no puede detener al verdadero amor, sólo puede demorarlo por un corto tiempo”. El amor de Dios no puede ser detenido por la muerte; de hecho, recibe su poder a través de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Demostramos nuestro amor por medio de las acciones

Es una verdad fundamental para todos los cristianos, el amor de Cristo nos impulsa a demostrar amor por medio de nuestras acciones. Tan grande fue nuestro amor, tanto los queríamos a ustedes, que con gusto les habríamos dado no sólo el evangelio sino nuestras propias vidas. (1 Tesalonicenses 2:8, LBAD).

Pablo dice que este amor nos impulsa a atraer a otros al evangelio, o sea el propósito clave del estilo de vida misionero:

Por tanto, como sabemos lo que es temer al Señor, tratamos de persuadir a todos, aunque para Dios es evidente lo que somos, y espero que también lo sea para la conciencia de ustedes. No buscamos el recomendarnos otra vez a ustedes, sino que les damos una oportunidad de sentirse orgullosos de nosotros, para que tengan con qué responder a los que se dejan llevar por las apariencias y no por lo que hay dentro del corazón. Si estamos locos, es por Dios; y si estamos cuerdos, es por ustedes.

—2 Corintios 5:11-13 (NVI)

La paráfrasis bíblica The Message (El Mensaje) presenta el versículo 13 diciendo: Si actué como un loco, lo hice para Dios; si actué con demasiada seriedad, lo hice por ustedes. (Es traducción para esta obra.) El punto que quiere destacar Pablo es que sus acciones nacen de un amor profundo tanto por Dios como por la iglesia. Nuestra obra de persuadir, que nace del amor, resulta en una vida exterior centrada. ¿Por qué trabajamos para persuadir a las personas con respecto a la verdad? Porque Dios las ama y espera que nosotros hagamos lo mismo.

El amor de Cristo nos impulsa y nos convence de que él murió por todos. Martín Lutero (el monje revolucionario que inició la Reforma Protestante) dio a Juan 3:16 el título: “El evangelio en miniatura”. Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna (NVI).

En el pasado este fue uno de los versículos de la Biblia más citado en Norteamérica. Ahora ya no es así. Hoy, en la cultura norteamericana, Mateo 7:1 es el versículo más citado de toda la Biblia: No juzguéis, para que no seaís juzgado (VRV, 1960). Esta es una cultura que espera ser envuelta por el amor. El único fundamento impulsor y convincente para que el creyente satisfaga esta necesidad es la muerte suficiente de Cristo por el pecado.

Dios amó tanto al mundo que hizo algo. ¡Qué hecho tan importante para recordar! Hemos de enfocarnos en la diferencia que ocurre por lo que hacemos, una diferencia creada por la presencia del amor de Cristo y lo que ese amor ha logrado a favor de nosotros.

Cierta noche me senté con mi familia para tener un momento devocional alrededor de la mesa de la cocina. Como quizá ya lo sepan, no es fácil tener devocionales con chicos de ocho, de cinco y de dos años. Esta noche en particular leímos la historia de Zaqueo y el árbol sicómoro. Este es una mina de oro en el ámbito de devocionales para niños: un hombre de corta estatura que desea ver a Jesús, se sube a un árbol, Jesús le dice que baje, Zaqueo obedece inmediatamente, luego se relaciona con personas perdidas y testifica.

Sabiendo que la historia de Zaqueo está llena de lecciones que atraen a los niños, empecé a hacerles preguntas a mis hijos acerca del relato. Con apenas dos respuestas me di cuenta de que uno de los chicos tenía hambre y que el otro lo único que quería saber era qué era un sicómoro. Muy pronto, el devocional se hizo aburrido. Pero, ¿por qué seguir adelante a pesar de que no se veían resultados positivos? ¡El amor de Cristo nos impulsa! Queremos que nuestros hijos estén tan convencidos como lo estamos nosotros de que por amor Uno murió por todos por amor. Entonces, trato de persuadir a mis hambrientos y curiosos hijos.

Romanos 4:7 (LBAD) da más pautas sobre el significado de nuestro pasaje clave: Bienaventurados... aquellos cuyos pecados han sido perdonados y encubiertos. Sí, dichoso el hombre a quien el Señor no le toma en cuenta los pecados. Aquí, Pablo está citando el Salmo 32:1, 2. Vemos la importancia de que uno haya muerto por todos: ¡los pecados están encubiertos, y el pecador ya no es acusado de pecado! El amor de Dios va más allá del perdón de los pecados, él quita de nuestro registro permanente los cargos en nuestra contra.

La vida como amor

Considere la relación matrimonial. Cuando una mujer y un hombre contraen matrimonio cada uno determina vivir de un modo distinto, porque ahora viven el uno para el otro. Las necesidades del cónyuge tienen más importancia que las propias por causa del amor y el compromiso.

Como cristianos somos llamados a reestructurar nuestras vidas alrededor de un Dios de amor. Los cambios inherentes ocurren debido a nuestra redención. Si ese tipo de cambio no ocurre, tenemos que evaluarnos para ver si realmente hemos pasado de muerte a vida, o si hemos simplemente adoptado la descripción social de “cristiano”. Muchos dicen ser cristianos, pero son desdichados, infelices y poco amables.

La intimidad con Cristo y el experimentar su amor motivador debería convencernos de la verdad de que nuestras vidas se han entregado a su redención y que nuestra conducta ha cambiado. Algo anda mal cuando las iglesias son conocidas como sitios de conflictos y no por su semejanza a Cristo, como sitios de chismes en lugar de exhortación, y como sitios que excluyen en lugar de refugios de amor.

La Palabra de Dios nos enseña esto acerca de la progresión de la vida cristiana:

Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí.

—Gálatas 2:19, 20 NVI

La crucifixión no tiene que ver con cruzar una línea, lograr lo mejor en la vida ahora, ni encontrar un momento “zen” en medio de los conflictos. Tiene que ver con atar juntos el amor y la muerte. Es un amor tan impulsor que Dios en la carne murió por toda la humanidad. Mi vida es distinta porque el Hijo de Dios, quien me amó, entregó su propia vida. Note nuevamente la progresión:


El amor de Cristo me impulsa.

El amor de Cristo me convence.

El amor de Cristo obrando en mí me cambia.


Cuando esta expresión se vive correctamente, he sido crucificado con Cristo, Gálatas 2:19, llega a ser realidad en la manera como vivimos.

Los creyentes tienen que dejar de pensar liviana o superficialmente acerca de la crucifixión. No se trata de: “¡Rápido! Sé un buen seguidor de Jesús y renuncia por un día al uso de los medios de comunicación. Muere a tus deseos”. No, es doloroso. Es una batalla. Es dramático. Esta es la imagen presentada por Pablo. El creyente muere para el yo, o sea que la antigua naturaleza tiene que morir para que Cristo pueda vivir en él y por medio de él.

El cambio que ocurre por el amor de Cristo es la única senda que nos conduce a amar como Dios ama. No podemos, por nuestra propia fuerza, ser personas amantes como cristianos. Sólo podemos llegar a ser esas personas cuando Cristo vive en nosotros. Dios nos da el generoso don de la vida sacrificial de Cristo para que more en nosotros a fin de que podamos vivir por fe y no por vista, por sentimientos ni por ningún otro poder terrenal. Una vez más lo vemos todo atado junto: vida, muerte y amor. Es muerte por amor.

Es muerte por amor.

Antes de la película La pasión de Cristo en el 2004, las cintas típicas presentaban a Jesús como un hombre debilucho y sin carácter. Las películas de la década de 1970 lo mostraban como un hippie de ojos azules, en vestido, andando por las calles de Israel diciendo cosas extrañas a la gente, quien entonces empezaba a cantar y danzar, un reflejo de esa década. Pero la Biblia enfoca la fuerza y determinación de Jesús de cumplir la misión que el Padre le dio.

Cristo fue el Cordero de Dios, pero no era ni remotamente tímido. Amor es ser crucificado con Cristo, quien también es el León de la tribu de Judá. Nuestra crucifixión con Cristo es porque lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí.

Ver a través de los ojos de Dios

Segunda Corintios 5:16-21 no deja lugar para que los cristianos no vean a los demás a través de los ojos de Dios. El pasaje presenta claramente nuestra responsabilidad de traer a otros a Dios por medio de Cristo:

Así que de ahora en adelante no consideramos a nadie según criterios meramente humanos. Aunque antes conocimos a Cristo de esta manera, ya no lo conocemos así. Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo! Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: “En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios”. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios.

—2 Corintios 5:16-21, NVI

En una de las escenas finales de la película Bruce Almighty (Bruce, el todopoderoso), Bruce es atropellado por un auto y se encuentra con Dios en el cielo. Es una escena conmovedora en que él hace algunos chistes con Dios y Dios con él. Al fin, Dios quiere que Bruce tome una decisión con respecto a lo que quiere para Grace, su novia. Su breve conversación se desenvuelve así:

Dios: ¿Quieres que Grace vuelva contigo?

Bruce: No, quiero que sea feliz, sin importar cómo lo logre. Quiero que encuentre a alguien que la trate con todo el amor que merecía de mí. Quiero que conozca a alguien que siempre la vea como la veo yo ahora, a través de tus ojos.

Dios: Esa sí que es una oración

¿Puede creerlo? ¡La comedia de Jim Carrey y Morgan Freeman acertó! El llamado de Dios a nuestra vida debería hacer que viviéramos de una manera diferente, y también que percibiéramos la vida de una manera diferente. La Biblia dice: No consideramos a nadie según criterios meramente humanos. Ser impulsado por el amor significa ver a los demás a través de los ojos de Dios.

Sinceramente, puede ser difícil hacerlo, y nunca alcanzamos esta perfección aquí en la tierra. En los centros comerciales abarrotados de gente vemos a las personas como estorbos. En el trabajo algunos se convierten en enemigos. En nuestro diario transitar catalogamos a los demás como imbéciles. Las iglesias pierden miembros (o hasta se dividen) por las relaciones quebrantadas a causa de las deficientes perspectivas que tienen el uno del otro. Cuando percibimos a otros como pestes o molestias, no los estamos viendo a través de los ojos de Dios. Es pecado ver a la gente incorrectamente. Las Escrituras dicen que desde ahora en adelante no consideramos a nadie desde un punto de vista mundano sino a través de los ojos de Dios.

La segunda carta a los Corintios 5:16 nos dice que también tenemos que ver a Cristo desde una nueva perspectiva. Llegamos a conocerlo por su verdadera naturaleza, el Mesías totalmente divino que es Dios en la carne.

Después de la declaración acerca de ver a la gente a través de los ojos de Dios y cómo él nos impulsa a amar, Pablo nos recuerda en los versículos 17-19 que Jesús no toma en cuenta nuestros pecados. Una expresión importante del amor es que dejemos de tomar en cuenta los pecados de los demás. En cambio, al verlos a través de la perspectiva redentora de Dios hace que el amor salga a relucir.

Una vez que Pablo enseñó a los corintios cómo debían ver de manera distinta a los demás, llamó a todos a servir como embajadores de Cristo (vv. 1820). A los otrora ciegos que antes acampaban fuera del reino de Dios les fueron otorgados poder y privilegios, fueron comisionados como ministros y embajadores para representar al Rey mismo.

La historia cuenta de algunos que realmente fueron excelentes embajadores y de otros que fueron verdaderamente malos. Los embajadores que hacen enojar a la gente entre la cual viven pueden originar guerras. Como creyentes tenemos que cuidarnos de no causar que otros adopten una mentalidad guerrera hacia Dios. Somos llamados a amar como Dios ama.

Este mejor camino, el llamado a amar, nos induce a ser embajadores que inspiran un sentimiento de paz. Los humanos que se apartan en rebelión son la causa principal de nuestro conflicto eterno con Dios. La Biblia dice que todos nos encontramos bajo el juicio de Dios. Debido a ese juicio, Dios nos da el mensaje de reconciliación y nos envía como embajadores; hace su llamado a la paz por nuestro intermedio. A través de su ofrecimiento, nuestros amigos pueden llegar a estar bajo el dominio de Dios en su Reino.

Llegar a ser mejores “amantes”

De seguro que todos coincidimos en que los cristianos deben ser la gente más llena de amor en el mundo, pero no lo somos. Admitámoslo, todas las iglesias en Norteamérica estarían repletas si no tuviéramos la reputación de ser hipócritas, mentirosos, etc.

Como sembradores de iglesias en los suburbios de una ciudad metropolitana al sureste de los Estados Unidos, descubrimos por observación que los perdidos están esperando conocer a creyentes que se parezcan a Jesús, no que meramente hablen de él. El libro Jim and Casper Go to Church (Jim y Casper van al templo) cuenta la historia de dos periodistas que viajan por todo el país visitando iglesias influyentes. El libro revela que Casper, el ateo del par, está esperando que los líderes de la iglesia le digan a los creyentes lo que Jesús requiere de ellos. Pareciera, desde esa perspectiva, que Casper no desea conocer cuáles son las creencias de los creyentes sino cómo las ponen en práctica a fin de que lo convenzan de que son ciertas. Esa actitud es una ilustración de la enseñanza bíblica de que el mundo sabrá, por nuestro amor, que somos cristianos.

Somos cambiados por el amor de Cristo

No podemos amar y vivir para agradarnos a nosotros mismos. El amor no opera egoístamente. El amor nos cambia. Él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado (2 Corintios 5:15, NVI).

La inmensidad del perdón de Dios nos impulsa a vivir de un modo diferente. Porque el Dios del universo nos ha tratado de una manera muy cariñosa y perdonadora, los cristianos deberíamos ser la gente más cariñosa y perdonadora del mundo. Cuando no lo somos, deshonramos a aquel a quien pertenecemos.

Los cristianos y los inconversos compartimos el pecado de la hipocresía, pero nosotros no tenemos por qué practicarla puesto que sabemos qué es lo correcto. Los pecadores inconversos sencillamente están viviendo del modo que les resulta natural. Pero cuando afirmamos nuestra lealtad al Rey de reyes y Señor de señores, quien murió en la cruz como la expresión exterior y el cumplimiento de su amor y perdón, entonces no debemos actuar en maneras que no muestren amor. Algo anda mal cuando alguien que afirma ser de Jesús no ama a los demás.

Barreras que impiden que amemos

El amor de Cristo nos impulsa, nos convence y nos cambia. Dios no sólo nos impulsa con el amor y nos convence con la verdad, él mora en nosotros a fin de poder apelar a los erdidos del mundo, cónyuge, hijos, vecino, compañero y amigo, por medio de nosotros. La vida de Cristo morando en nosotros se manifiesta de la manera como vivimos y como amamos. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: “En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios”. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios (2 Corintios 5:20, 21, NVI).

Philip y yo nos criamos en ambientes distintos. Él vivía en Alabama y yo en Nueva York. Mi familia era católica por tradición, el papá de Philip era diácono de una iglesia bautista. No obstante, tenemos una cosa en común: A veces, ambos luchamos con cómo ser más amorosos. Con todas las diferencias entre nuestras familias, la lucha más grande que tenemos en común es si amamos o no. La necesidad de cada cristiano que vive un estilo de vida misionero es amar debido al amor de Cristo.

Siempre es difícil vivir imitando a Jesús, vivir y amar de manera que dé gloria a Dios. La fuerza de nuestra carne nos empuja a ser egoístas y a no amar a los que no nos han tratado bien, a los que han obrado en contra de nuestro bien o que simplemente han sido el mosquito irritante en nuestra coversación.

Somos llamados a ser como Rut en el Antiguo Testamento. Cuando se vio ante la opción de ir por su propio camino o atender a Noemí que sufría, se quedó con ella. Aunque Rut tenía que vivir en una cultura diferente y sería considerada como una “intrusa”, su corazón se inclinó a satisfacer la necesidad de su suegra. El corazón de esta mujer coincidía con el corazón de nuestro Dios a quien le importa la viuda que sufre.

Si operamos bajo nuestro concepto del mundo y nuestra propia fuerza, siempre nos desentenderemos de la gente. Pero el amor de Cristo que está en nosotros—la convicción de la verdad de Cristo demostrada por el amor y el cambio en nuestra vida a causa de la redención—hace que obtengamos un nuevo concepto acerca de la gente y una vida nueva de compasión por los salvos al igual que por los perdidos.

Reto para aplicar: ¿Se caracteriza nuestra vida por un amor que impulsa?

Mientras Philip y yo escribimos este libro sobre el amor que impulsa, nuestra vida no siempre se caracteriza por el amor. Pero a medida que entregamos más y más nuestra vida a Cristo, la marca sobre nuestra vida se va cambiando, renovando y conformando para ser más como Cristo. He llegado a comprender que el concepto misionero de seguir a Cristo requiere una perspectiva de entrega, más que hacer un pacto.

Una perspectiva de entrega, más que hacer un pacto.

Cuando se hacen tratados entre países, cada país conserva su soberanía e intercambia favores. Eso es inaceptable para Dios. Él demanda una entrega. No podemos ser embajadores de un reino que no cuenta con nuestra total lealtad. Por eso un día me entregué al amor de Cristo porque su amor, derramado a través de la muerte y resucitado victoriosamente por el poder de Dios, me impulsó y convenció. Pero ahora debo ser diariamente un humilde embajador ante el Señor, a quien me he entregado. Debido a que fui convencido y cambiado por su amor, ahora estoy dedicado al hermoso trabajo de reconciliación, a fin de que aquel que no tuvo pecado pero se hizo pecado por nosotros, pueda pronunciar sus poderosas palabras de vida a los perdidos y moribundos que viven a nuestro alrededor.

El poder transformador del amor de Dios

Primera Corintios 13 nos presenta un cuadro moral del amor y, sin embargo, existe poca evidencia del amor en nuestra vida. Debemos imitar a Dios. Por tanto, imiten a Dios, como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios (Efesios 5:1, 2, NVI). Imitar a Dios es servir como una ofrenda fragante. Me temo que muchos de nosotros sólo pretendemos ser una ofrenda. Somos muy buenos para alabar a Dios después que ha pasado una tormenta, pero Dios nos llama a vivir como hijos que imitan a su padre amante, sean cuales sean las circunstancias.

También debemos andar con Dios a pesar de nuestro pasado. En Juan 4, Jesús se desvía de su camino para encontrarse junto al pozo con una mujer samaritana, cuyo nombre no nos es revelado. Cuando es confrontada y cambiada por la presencia de Cristo, su primer impulso es ser misionera. Va al pueblo donde seguramente era marginada y declara: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Cristo? Y para su alegría lo hicieron.

Dios nos impulsa con amor, nos convence con la verdad y mora en nosotros a fin de poder hablar a través nuestro a los perdidos. La vida de Cristo que mora en nosotros se manifiesta en la manera como vivimos y en la manera como amamos. “En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios”. Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios. (2 Corintios 5:20, 21).

La senda de Jesús es opuesta a lo que por naturaleza deseamos. Nuestra naturaleza carnal se niega a amar a los que consideramos indignos. Cristo en nosotros es lo que nos cambia y nos hace ver a los demás como Dios los ve, y vivir una nueva vida de compasión por los salvos al igual que los perdidos (vea Mateo 22:35-40).

Puntos para reflexión personal y discusión en grupo

  1. A la luz de los pasajes referentes al amor de Cristo, ¿cómo ha cambiado o ha sido retado lo que usted entiende es el amor?
  2. Hable acerca de cómo pueden cambiar nuestras vidas cuando definimos correctamente el amor como la actividad de Dios, y no como una reacción emotiva de la gente.
  3. ¿A quién ha puesto Dios en su camino en este momento para que usted lo vea desde una perspectiva eterna?
  4. Dialoguen acerca de las barreras que nos impiden responder al llamado de Dios de compartir el mensaje de reconciliación con los que nos rodean.
  5. Después de aprender la diferencia entre un tratado y una entrega, ¿ha firmado usted un tratado con Dios, o se ha entregado a él? ¿Qué cambios desearía hacer?
  6. ¿Está seguro de que el amor de Cristo mora en usted? Si no lo está, asegúrese de ocuparse de eso hoy mismo. Vea “El plan de Dios para usted” en el apéndice de la página 237.
  7. Cuando piensa en todo lo que ha estudiado y aprendido en esta sesión, ¿qué cosa en particular llevará a su casa para seguir reflexionando en ella o para buscar el poder del amor de Dios para cambiar?