Capítulo 1

Quién eres

Cuando era joven, recuerdo que mi padre me invitó a ir de pesca a un parque estatal, que quedaba a unas pocas millas de casa. Me encantaba pescar, así que nos subimos al auto y conducimos al lago. Sacamos el equipo de pesca del auto, bajamos por la colina cubierta de hierba hasta llegar a un lugar semioculto del lago, y comenzamos a «mojar la tanza». En aquella salida en particular, recuerdo que pesqué una tonelada de bagres. ¡Mordían sin parar! Parecía que se prendían al anzuelo antes de que este tocara el agua. ¡Fue un día espectacular!

Cuando llenamos el enfriador con bagres, mi padre me dijo que me asegurara de que tuvieran suficiente agua fresca para poder respirar y mantenerse vivos durante los 30 minutos que nos llevaría regresar a casa. Entonces, le hice a mi padre una pregunta que, a mi entender, no entrañaba ninguna dificultad:

—Papá, ¿cómo hacen los peces para respirar abajo del agua?

—Pues… es una buena pregunta, hijo.

Fue la primera vez que vi a mi padre dudar de su explicación. Hasta ese momento, para mí, papá sabía las respuestas a todo. Recuerdo que dijo:

—Míralos. El agua pasa por sus agallas. ¿Ves? —mientras me señalaba un pez en el enfriador.

—Sí, lo veo, papá, pero ¿cómo hacen para respirar aire?

—Este… en realidad, no respiran aire… el agua pasa por las agallas y las moléculas de aire del agua son recogidas por sus branquias. ¿Entiendes? —y volvió a señalarme otro pez en el enfriador.

—¡Ah! SÍ, las agallas se les mueven, pero creía que abajo del agua había que aguantar la respiración, porque no podemos respirar, ¿no?

Lo que había comenzado con una pregunta sencilla resultó ser una conversación demasiado minuciosa y complicada. Aunque a mi padre le costó explicarme las complejidades de la respiración de los peces bajo el agua, no cabía duda de que efectivamente respiraban: la prueba estaba en los bagres que nos observaban elucubrar estas verdades.

El mismo escenario se plantea, al parecer, cuando la gente comienza a preguntarse sobre algunas cuestiones espirituales: «¿Qué es exactamente la salvación?», «¿Todo el mundo necesita ser salvo?», «¿Salvos de qué?», «¿Cómo llegó todo a esto?». Las preguntas que en principio parecen sencillas resultan ser, a veces, bastante difíciles de explicar, aunque la realidad sea evidente en nuestra vida. Sin embargo, la posible confusión que conllevan estas preguntas no debería impedirnos hablar de ellas, porque las respuestas al final traen paz al alma humana.

Hace miles de años que las personas se preguntan sobre la salvación. En Hechos 16, leemos de un carcelero al que le ordenaron apresar al apóstol Pablo y a Silas por proclamar las buenas nuevas de salvación provista por Jesucristo. A eso de la medianoche, el carcelero y los otros presos no podían creer que Pablo y Silas estuvieran cantando himnos a Dios. El carcelero no estaba acostumbrado a ver esas expresiones de gozo, mucho menos cuando ambos presos habían sido azotados públicamente y arrestados por sus creencias religiosas; este celo inesperado probablemente lo dejó perplejo. Me pregunto si habrá registrado mentalmente el mensaje de los himnos que cantaban estos dos fervorosos cristianos.

Al leer este relato, verá que Dios liberó milagrosamente a Pablo y Silas y a los demás presos con un terremoto mientras cantaban. Hizo que se abrieran las puertas de la cárcel y que se abrieran los grilletes. El carcelero, maravillado al ver la mano de Dios y agradecido porque los presos no se habían escapado, no pudo dejar de hacer una acuciante pregunta espiritual, que le agobiaba el corazón. Regresó al calabozo, se arrodilló ante Pablo y Silas, y preguntó: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?». Pablo le respondió con una simple aseveración: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo» (Hechos 16:30-31).

¿Qué Significa Ser Salvo?

Es una pregunta sumamente importante, porque tiene consecuencias espirituales y eternas. Encontramos la respuesta en la Palabra de Dios.

Es interesante que la Biblia rara vez reúne todos los conceptos de una doctrina en un solo versículo o párrafo, sino que los dispersa en varios versículos relacionados. Como resultado, no es posible contar con una enseñanza clara e íntegra de un concepto bíblico hasta que no hayamos estudiado todos los versículos concernientes a una doctrina bíblica en particular.

Este será el enfoque que adoptaremos en nuestro recorrido a través de la Biblia, en busca de una enseñanza clara y completa sobre la salvación. Aunque parezca una tarea titánica, no se deje desanimar: hacer este recorrido puede transformar su vida. Espero que pueda reservar un momento tranquilo y sin interrupciones para leer y meditar en las citas de las Escrituras a las que haremos referencia. Le transmitirán verdades profundas, aunque fácilmente comprensibles, que prometen cambiar su vida para siempre.

El conocimiento de Jesucristo que trae salvación requiere de una claridad perfecta para acceder cognitivamente a los datos, además de la voluntad de creer en él. Para comenzar, todos los cristianos deben estar firmes en la verdad bíblica de que Jesús es el único camino de salvación.

Una primera mirada

Los siguientes versículos y pasajes bíblicos fueron tomados de la Palabra de Dios, por lo tanto, seamos pacientes y cuidadosos al considerarlos. Servirán para confirmar nuestra salvación, ya asegurada, o nos orientarán sobre cómo tener vida eterna y paz con Dios.

Romanos 3:23 enseña que estamos espiritualmente perdidos y que necesitamos ser salvos. «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (RVR1960).

La enseñanza del versículo es bien clara: toda la humanidad está perdida. Todos necesitamos ser salvos porque estamos espiritualmente perdidos. A diferencia de estar perdido en un bosque, donde al final siempre será posible encontrar cómo salir, el estado de estar perdido espiritualmente no se puede remediar por medios humanos. ¿Por qué? Porque somos pecadores por naturaleza.

Nuestra alma no está perdida por los pecados que hayamos cometido, sino que pecamos por causa de nuestra propia naturaleza pecaminosa. Por desgracia, a menudo oímos a algunos predicadores afirmar: «Necesitan ser perdonados por las cosas malas que han hecho». No. Nuestra alma está condenada por su condición pecaminosa, presente en todos desde el nacimiento. Cuando los creyentes comparten el evangelio, suelen referirse al pecado de la persona; en realidad, deberían guiarla a entender que pecamos porque tenemos un corazón pecaminoso que manifiesta nuestra verdadera naturaleza. Aunque la persona no se sienta pecadora que necesita salvación, la verdad es que efectivamente es pecadora. La necesidad de la salvación se basa en esta verdad, y es crucial transmitírsela a los incrédulos.

En nuestra sociedad, a casi nadie le agrada ser colocado en la misma categoría que los asesinos y los secuestradores. Además, pocos consideran que evadir impuestos, insultar o decir mentiras piadosas sea algo grave. Sin embargo, para Dios, el pecado es pecado porque manifiesta la esencia misma de nuestro ser. Si medimos nuestra santidad comparándonos con otros seres humanos, seguramente encontraremos al menos diez personas peores que nosotros. Sin embargo, la Biblia nos enseña que la verdadera medida de nuestra condición es la santidad de Dios, y Su gloria perfecta; absolutamente inalcanzable para nosotros.

Romanos 6:23 enseña que merecemos ser castigados por tener un corazón pecaminoso. «Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro».


«SIN EMBARGO, PARA DIOS, EL PECADO ES PECADO PORQUE MANIFIESTA LA ESENCIA MISMA DE NUESTRO SER».


Nuestro estado pecaminoso nos hace merecedores de la santa ira de Dios. La culpa de nuestro pecado se compara con la expectativa que un empleado tiene de recibir un cheque de un empleador después de realizar un trabajo. Habiendo cumplido con su trabajo, espera y merece que se le pague. Otro ejemplo sería el de un delincuente que es apresado por haber cometido un delito, y es sentenciado a cumplir condena. Por causa de nuestra naturaleza pecaminosa, porque todos hemos sido «destituidos de la gloria de Dios», todas las almas humanas merecen ser juzgadas por Dios y ser declaradas culpables. Con este veredicto, el alma humana se hace acreedora de una sentencia durísima pero merecida… salvo que podamos encontrar a alguien capaz de llevar sobre sí el castigo de nuestro pecado y satisfacer el juicio de Dios: así nos libraríamos de la obligación de pagar la condena. La verdad esperanzadora es que esto es efectivamente posible, pero antes debemos concluir que es imposible pagar personalmente el castigo por nuestro pecado.

Isaías 64:6a enseña que aun nuestras buenas obras o intenciones son ineficaces para salvar y, por lo tanto, cualquier intento de salvarnos a nosotros mismos es repulsivo para Dios. «Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas…».

Nuestra justicia o buena conducta, es a los ojos de Dios como «trapo de inmundicia». Esto significa que cualquier intento de alcanzar la salvación por nuestros propios medios es imposible. Todas las buenas obras, las acciones de caridad, los pensamientos, incluso nuestras búsquedas e intenciones sinceras son impuras e inaceptables. Pensar que nuestros propios esfuerzos podrían hacernos merecedores de la salvación es repugnante y ofensivo para Dios, el único capaz de proveer la paga suficiente de nuestro pecado.


«ESTO SIGNIFICA QUE CUALQUIER INTENTO DE ALCANZAR LA SALVACIÓN POR NUESTROS PROPIOS MEDIOS ES IMPOSIBLE».


Aunque una persona que no es salva puede realizar obras de caridad y manifestar una bondad propia del cristianismo, a lo sumo llevará a cabo dichas acciones mientras se revuelca en el pecado, lo que es una afrenta a Dios. Por lo tanto, las acciones no salvan; es necesario que el corazón que anima las acciones sea transformado.

Lamentablemente, algunas personas ni siquiera saben que con su vida ofenden a Dios. Nunca se dieron cuenta de que, si bien la cultura e incluso la iglesia aprueban su estilo de vida, sin el perdón de Dios y el lavamiento de sus pecados, sus obras brotan de un corazón que es repulsivo para el Señor. Por ejemplo, sería lo mismo que aceptar las disculpas de una persona que mientras nos dice: «Lo siento, perdóname», maquina cómo volver a robarnos nuestras pertenencias. Fuera de contexto, las palabras suenan bien, pero no están respaldadas por un corazón puro y limpio. Una vez más, nuestro estado pecaminoso nos hizo merecedores de la ira y el castigo de Dios, y toda «limpieza» de nuestras acciones, palabras u obras sin una verdadera renovación del corazón, es en realidad inútil e inservible porque brota de un corazón que ofende a Dios.

Tito 3:5 enseña que es imposible ser salvo por nuestros buenos pensamientos o buenas obras. «él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo».

Este versículo ilustra que solo una persona puede purificarnos de nuestro estado pecaminoso: Dios mismo en forma del Espíritu Santo. Hemos visto que no podemos salvarnos a nosotros mismos, necesitamos que Dios nos salve. Lo único que vale es lo que Dios hace por nosotros en este proceso unilateral. Esta idea se desarrolla en Mateo 5:3, «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (RVR1960). No podemos aportar nada de valor espiritual para persuadir a Dios a establecer la paz con él; lo único que podemos hacer es recibir Su perdón.

Cuando venimos a la «mesa de negociaciones» espiritual con Dios para tratar nuestra salvación, en realidad solo podemos suplicar Su gracia y misericordia. Es un arbitraje unilateral y no hay lugar para ningún tipo de negociación. No podemos acercarnos a Dios y declarar: «Quisiera recordarte quiénes fueron mis padres», o «Fíjate en mi historia estelar de servicios a la comunidad», o «Mira todo lo que he logrado en la vida». No hay literalmente nada que podamos presentarle para que diga: «¡Vaya! Este sí que vivió bien. Si alguien merece el cielo, es él». Por el contrario, Mateo 5:3 enseña que si queremos entrar en el reino de Dios, debemos reconocer que somos «pobres en espíritu», sin importar todo lo que hayamos logrado en la vida.

Es interesante notar que en el idioma original del Nuevo Testamento (conocido como griego «koiné»), había dos palabras para designar a los «pobres». El Espíritu Santo podría haber esco­gido cualquiera de ellas para describir el estado espiritual en Mateo 5:3. Una de las palabras es penijrós, que significa «necesitado» o «pobre». Se usaba para referirse a una persona que tenía algunos bienes, pero que necesitaba algo más para incrementarlos (por ejemplo, tiene un auto, pero necesita combustible; tiene una casa, pero necesita alimentos, etc.). Esa no es la palabra traducida «pobre» en Mateo 5:3.

En ese versículo, aparece otra palabra, ptojós, que significa «totalmente destituido» o «completamente empobrecido». Se utiliza para describir a alguien que no tiene absolutamente nada. Es la misma palabra que usa Lucas para describir al mendigo que extendía su mano para pedir limosna junto al camino. Estaba tan avergonzado de su indigencia, que se cubría el rostro mientras pedía limosna (Lucas 18).

Entonces, Mateo 5:3 enseña que aquellos que vienen a Dios y reciben la salvación no tienen nada que ofrecerle para persuadirlo a que los salve. Heredarán la vida eterna los que vienen a él reconociendo y aceptando que no pueden hacer nada para cambiar su condición de pecadores. Comprenden que, sin la intervención de Dios, solo merecerían el castigo.

Como profesor, me encanta ver el progreso académico, social, físico y espiritual de los estudiantes. Hay algunos con quienes dialogo más que con otros, porque están cursando algún programa de formación en particular. Con estos estudiantes tengo más oportunidades de «convivencia». En unos años, interactuamos formalmente en el aula e informalmente en la oficina o en los corredores, conforme enfrentamos diversos problemas, decisiones y desafíos. La mayoría de estas conversaciones son positivas y de un tono amigable, pero en algunas ocasiones pueden implicar alguna obligación o incorporar algún leve reproche a raíz de una mala decisión o actividad de parte del estudiante. Nunca es fácil confrontar a un estudiante con alguna mala decisión que haya tomado, pero es una forma de demostrarle que me preocupo sinceramente por su bienestar, su carácter y su testimonio.

Recuerdo que una vez, un profesor nuevo en el plantel docente de la universidad me preguntó cómo encontrar el justo equilibrio en la relación profesor-estudiante. Quería saber cómo balancear una amistad con los estudiantes y al mismo tiempo reservarse el derecho a corregirlos, si fuera necesario. Como respuesta, le describí cómo Dios nos trata a nosotros, Sus hijos. El Señor nos ama y quiere lo mejor para nosotros. En Su amor, ha establecido una norma de justicia personal para todos. Dios no rebajará Su exigencia de justicia; eso sería un engaño y no beneficiaría a la persona. De la misma manera, los profesores debemos confrontar a los estudiantes solo cuando sea necesario, y siempre preguntándonos cuál es el mejor consejo para darles.

Luego le dije que la manera de saber que encontramos el justo equilibrio es cuando, al final de la carrera académica de un estudiante, nos invade una mezcla de tristeza y felicidad cuando lo vemos atravesar el estrado y festejar la culminación de una etapa de su vida. Sabemos que hemos hecho nuestro mejor esfuerzo, quisiéramos haber hecho más, pero estamos agradecidos por los enriquecedores momentos que pasamos juntos.

También le enseñé al profesor nuevo cómo conducirse cuando un estudiante al que conocía bien le confesaba una equivocación y reconocía su culpa y responsabilidad, sin justificarse ni intentar ocultar la verdad. En esos casos, le recomendé que fuera compasivo con el alumno y procurara ayudarlo, porque en su corazón él entiende y acepta tanto la consecuencia de sus acciones como el valor de la actitud misericordiosa del profesor.

Eso es exactamente lo que nuestro Señor requiere de nosotros cuando venimos a él y reconocemos que somos «pobres en espíritu». Cuando admitimos nuestra culpa y nuestra incapacidad para rectificarnos, solo entonces comprendemos el verdadero valor de la misericordia que Dios nos prodiga.

Efesios 2:8-9 enseña que ninguna persona puede jactarse sobre cómo salvó su propia alma, porque la salvación es un regalo de Dios a todos quienes desean recibirla. «Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe».

La Biblia enseña que Dios invita a todos a aceptar Su don, ya que si la salvación dependiera del poder o la capacidad de quien la necesita, la persona jamás podría reunir un pago suficiente. Esta paga del pecado no brota de un corazón manchado por el pecado. Nadie puede cambiar su estado espiritual mediante ninguna obra o acción física. Las buenas obras, hechas con la más pura de las intenciones a los ojos de los hombres, nunca cambiarán nuestra condición espiritual de pecado.

Repito: es imposible cambiar nuestro estado espiritual por medios físicos. Lo comparo con la gente que sufre depresión. Se quedan sentados delante del televisor o comen varios potes de helado para calmar su profundo dolor. La televisión y el helado quizás sirvan de evasión temporal a los problemas, pero no llegan a la raíz del problema. Aun Judas Iscariote, después de traicionar a Jesucristo y sentir un profundo remordimiento, regresó al Sanedrín e intentó devolver las 30 piezas de plata, en un vano intento por aplacar su conciencia condenada (Mateo 27:3-5 ). Por más que deseemos salvar nuestra propia alma, no podemos cambiar nuestro estado espiritual. Por lo tanto, no es posible jactarnos de haber contribuido a nuestra salvación. Es «por gracia […] por medio de la fe»; es decir, la salvación es mediante la confianza en Dios y la total dependencia de Su poder para salvarnos. La salvación no se obtiene desde nuestro interior; es un don que solo Dios nos puede dar.

Según Efesios 2:8-9 , la paga del pecado procede de una fuente santa, justa y libre de todo pecado. Se deduce lógicamente que el don de la salvación debe venir del único capaz de producir un don puro que aplaque el justo y santo castigo: Dios mismo.

Por lo tanto, el único ante quien comparecemos en nuestro estado de culpabilidad y pecado es el mismo ante quien suplicamos misericordia y perdón, y rogamos que nos extienda Su gracia y divina compasión.

Romanos 5:8 enseña que Dios nos invita a tener paz con él. «Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros».

Este versículo comienza con la palabra «pero», para oponerse a cualquier idea de que nosotros pudiéramos salvarnos a nosotros mismos. Infunde esperanza, pero no antes de que concluyamos que nuestra alma está irremediablemente perdida y es culpable a los ojos de Dios. Antes de darnos esperanza, el ver­sículo insiste en la imposibilidad de salvar nuestra alma nosotros mismos.

A esta altura, ¿se ha dado cuenta con qué fuerza la Biblia quiere transmitir nuestro estado de perdición? ¿Por qué será? Probablemente porque cuanto más entendamos lo irreparable de nuestra perdición, tanto más valoraremos el don de la salvación que nos permite tener paz con Dios. Cuando entendemos esta enseñanza bíblica, que sin Cristo no tenemos esperanza, comprendemos también que nuestras almas necesitan un Dios misericordioso que provea el don de la salvación que nunca hubiéramos podido conseguir solos.

Sin duda, es terrible saber que si no fuera por la intervención de Dios, permaneceríamos para siempre en nuestro estado pecaminoso y recibiríamos el castigo eterno. En 1 Juan 1:5 leemos: «Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad» (NVI). Mientras tengamos un corazón pecaminoso que no ha sido perdonado por Dios, no podremos tener comunión con nuestro Creador, el Dios del cielo y de la Tierra. No tendremos una íntima relación con él. Tal vez seamos más o menos concientes de la existencia de un «ser supremo» que es más poderoso que nosotros, y quizás hasta intentemos conversar con él de vez en cuando, pero no podremos tener realmente una relación personal con él hasta tanto no arreglemos la cuestión de nuestro pecado.


«…CUANTO MÁS ENTENDAMOS LO IRREPARABLE DE NUESTRA PERDICIÓN, TANTO MÁS VALORAREMOS EL DON DE LA SALVACIÓN…»


Romanos 5:8 permite vislumbrar el amante corazón de Dios en la frase «siendo aún pecadores». El Señor Jesucristo efectuó el pago de nuestro pecado aun cuando nosotros ni siquiera sabíamos que éramos pecadores. Antes de entrar en razón espiritualmente, él había extendido Su ofrecimiento de salvación por nuestro pecado. Nuestros corazones deberían apenarse ante un mundo que se burla de Su nombre. No saben todo lo que Jesús sufrió por ellos, ni se dan cuenta de que Dios les ofrece la plena salvación si solo creen en Jesús y reciben Su divino regalo. Da que pensar saber que hay gente que va por el mundo con paz física, económica, familiar o política, pero sin paz en su alma por medio de Jesucristo. Las almas no se pierden porque no se invite a las personas a recibir esa paz, sino porque se niegan a aceptar la paga del pecado que Cristo ya efectuó.

Romanos 10:9-10 enseña que si queremos aceptar a Cristo, debemos responder de DOS maneras. «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación» (RVR1960).

Este pasaje nos enseña que debemos responder de dos maneras. Una forma sin la otra no resulta en salvación. Antes de poder confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor, debemos tener una comprensión cognitiva de cuatro cosas:

1. Estar de acuerdo con dios respecto a nuestro estado pecaminoso.

Debemos aceptar que nuestro estado pecaminoso merece el castigo y la muerte espiritual, y admitir que merecemos pagar el castigo por nuestro pecado.

2. Creer que jesús es dios.

Debemos creer que Jesús es 100% Dios. Si no fue más que un hombre, sería humanamente incapaz de darnos la salvación. Si fue solo un buen maestro, tampoco podría ofrecernos el perdón de nuestros pecados por medio de Su salvación. A lo sumo, podría señalarnos un camino de salvación, pero no habría dicho: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6, RVR1960).

3. Creer que el sacrificio de jesús fue único y suficiente para expiar nuestro pecado.

Debemos creer que el sacrificio de Jesús es completamente suficiente; él se ofreció en expiación por nuestro pecado. Expiación significa que los pecados son cubiertos en virtud de un pago. Suficiente significa que la expiación no solo se pagó en su totalidad, sino que era la única manera posible de anular por completo nuestro pecado. En otras palabras, no necesitamos hacer nada más. La muerte de Jesucristo en la cruz y Su resurrección son por entero adecuadas para expiar nuestros pecados y anular la deuda contraída por nuestro pecado.

Nuevamente, Jesús tuvo que morir en la cruz para pagar la deuda contraída por nuestro pecado. Alguien debía pagar el precio. Sin Jesús, habríamos tenido que pagar este precio eterno nosotros mismos. Si no aceptaba el pago de Jesucristo por mi pecado, yo habría tenido que saldar esa deuda por mi pecado al morir. Sin embargo, reclamé de corazón el pago efectuado por Jesucristo y recibí Su salvación; acepté que él saldara mi deuda por el pecado.

4. Creer que jesús resucitó físicamente de entre los muertos, y probó que puede vencer a la muerte física y espiritual.

Según Romanos 10:9-10, «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación» (RVR1960).

Para nuestra mente humana y finita, tal vez no sea un problema creer que Jesús vivió y que perdona los pecados, pero quizás nos resulte más difícil aceptar que también resucitó de entre los muertos. No obstante, la verdad de Su resurrección se enseña con claridad y es defendible concretamente. Para aceptar la salvación que Dios nos ofrece, debemos creer que Jesús se levantó físicamente de entre los muertos, que vive y que está ahora en el cielo.

No basta con saberlo

Como afirmé desde un principio, a veces las preguntas aparentemente «sencillas» están cargadas de mucha significación y sentido, en especial aquellas relacionadas con la espiritualidad, el alma, y la necesidad de tener verdadera paz con Dios. Este capítulo ha servido para dar una explicación directa para algunas preguntas espirituales que todos necesitamos responder en la vida. Gracias a Dios, la Biblia nos ofrece algunas respuestas claras a estas preguntas importantes. Con todo, esta discusión espiritual no se agota aquí.


«…LA VERDAD DE SU RESURRECCIÓN SE ENSEÑA CON CLARIDAD Y ES DEFENDIBLE CONCRETAMENTE».


Ahora que sabemos exactamente qué es la salvación, es de igual importancia que sepamos lo que no es. La salvación no es una mera cuestión cognitiva; el conocimiento por sí solo no basta. Continuaremos este tema en el capítulo siguiente.


ESCRIBA SUS REFLEXIONES


Mientras leía este capítulo, ¿hubo algún versículo bíblico que lo impactó por su profundidad, o que lo sorprendió? ¿Por qué?

Reflexione sobre su testimonio de salvación (si corresponde), y dedique un tiempo a escribir cómo llegó al conocimiento cognitivo de quién es Jesucristo y lo que él hizo por usted.

Si todavía no ha aceptado el don divino de la salvación, anote las preguntas para las que todavía no tiene respuesta. Considere qué factores le impiden entregar su vida a Jesús.

Escriba sus reflexiones sobre lo que aprendió en este capítulo respecto a la conversión.